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La humanidad compartida como parte de la intervención clínica en niños y niñas traumatizados/as – PARTE 2

La humanidad compartida como parte de la intervención clínica en niños y niñas traumatizados/as .- PARTE 2

En la siguiente sesión se continúa con la metodología del encuentro anterior, en la cual se le pueden a la paciente las siguientes preguntas:

  • Si tuvieras que representar esta cadena de ayuda que hicimos entre todas, ¿cómo lo harías? En ese momento, se le explica que esto lo puede expresar con un dibujo, una canción, un collage, una comida, o con lo que tenga algún sentido para ella.

  • Si pudieras ubicar en tu cuerpo esta cadena de amor, ¿dónde la ubicarías?

  • Si llevamos la atención a esa parte del cuerpo, “¿podés ponerle un color, una textura o una temperatura; podés notar su forma y hasta dónde llegan los bordes?

  • ¿Crees que esa cadena de amor representa una expresión de cómo podemos conectarnos, de cómo estamos unidos por algo en común, y que puede abrigarte?

  • ¿Cómo se siente en el cuerpo sentirse parte de esa cadena? ¿Pensaste alguna vez que estábamos así conectados?

  • Desde algo sencillo y cotidiano, ¿encuentras otras maneras de hacerlo?

Muchas veces llevar a lo concreto estos recursos de conexión ayudan a materializar este sentimiento y a potenciarlo.

Un ejemplo desde el Alma (caso clínico)

Con Alma pasó algo muy curioso. Ella es una niña de 6 años que vive con sus abuelos y sus hermanos porque fue separada de sus padres por maltrato infantil. Alma estaba teniendo unos días en los que el enojo la estaba sobrepasando y le pegaba a todos los que tenía a su lado, incluso a ella misma.

Un día en el que estábamos en plena conferencia con su enojo, me dijo que no podía usar el recurso de salir a correr para calmarse, porque en el campo donde vive hacía mucho frío a esa hora. Le propuse si quería mostrarme su campo, ese campo que la iba a recibir con sus pies cargados de enojo. Ella acercó la computadora hasta la ventana y comenzó a describir los árboles que había allí. Entonces, Alma dijo: “Allá está el álamo, el duraznero y el eucalipto”.

En ese momento, vino a mí un recuerdo de mi infancia y decidí compartirlo con ella. Le conté cómo mi abuelo me había enseñado a recolectar los “coquitos” del eucaliptus y cómo los calentábamos al fuego para que dieran olorcito. Alma se alegró de que a ella le pasara lo mismo con sus abuelos. Casi al mismo tiempo, las dos dijimos: “la poción mágica para cuando estamos resfriados. Esos eucaliptus los hervimos en agua y nos tapamos la cabeza con una toalla para oler el vapor”. Yo le cuento que en mi barrio no hay de esos árboles y que me encantaría tener esos “coquitos”.

Ese compartir con Alma permitió que nos acercáramos desde un recuerdo humano en común de amorosidad. Esa misma tarde, Alma fue a recolectar el fruto del eucaliptus para guardarlo hasta que nos pudiéramos ver. El enojo, obviamente, desapareció y en su lugar se gestó una acción de amor hacia mí y hacia la naturaleza.

Es importante destacar que cuando surge el momento de encarnar la humanidad compartida, por ejemplo, cuando la niña me muestra su campo, acompaño esa visita invitando a su atención plena a descansar en el triángulo de conciencia. Este ejercicio también es compartido por mí, donde mi triángulo se pone de manifiesto, donde también lo pongo en palabras.

Fue muy bonito, además, tener la posibilidad de conectar con dos generaciones anteriores a nosotras y con lo que nos unía, como la necesidad de sentirnos mejor frente a un resfrío, como el amor de los abuelos a los nietos, o como descansar en la madre tierra para que nos cuide.

La posibilidad de crear sintonía con estos niños y niñas requiere de otros condimentos, entonces. Generar en ellos y ellas esta condición de reconocer que pueden ser amados, aun con lo que han vivido, supone una etapa de preparación previa para ir entramando esta humanidad compartida. Para poder ver el dolor de otros y el propio, necesitan sentirse mirados y reconocidos. De allí que el trabajo desde el vínculo terapéutico (y con sus cuidadores, por supuesto) se convierte en el modelaje de ese apego seguro

Los piojos de mi cabeza (caso clínico)

En otra oportunidad estaba trabajando con una niña de 9 años que había sido rescatada de una red de trata y ahora vivía en un hogar. La niña no confiaba ni en su sombra y cada vez que entraba al consultorio se congelaba y enmudecía. Un día llegó rascándose mucho la cabeza y, en un momento, un piojo cayó en el escritorio. Fui a comprar un peine especial para tratar la pediculosis y decidí que podíamos tener la sesión en el baño mientras yo le sacaba los piojos.

¿Por qué entiendo esta intervención como parte de integrar la humanidad compartida? Porque me acerca a mí como ser humano, terapeuta y madre tal vez, que puede sacarle amorosamente los piojos y, también, brindarle una acción amorosa y de cuidado.

Esa sesión consistió en una práctica de atención plena en cada pasada de peine, en el vínculo que nos unía en ese momento, y en cómo fuimos entrelazando nuestra experiencia.

Yo le pude contar cómo me sentía cuando mi mamá me pasaba el peine y cómo se sentían mis hijos. Ese compartir, atento y sintonizado, hizo que ambas nos conectáramos desde un nuevo lugar. Desde que comenzó su tratamiento, en esa sesión fue la primera vez que la niña pudo confiar en nuestro vínculo y relatar experiencias que nunca había contado.

De acuerdo con esto, Siegel y Hartzell (2005) explican lo siguiente:

Sintonizar con las emociones de las niñas y los niños puede requerir que nos pongamos a su nivel, manteniendo una postura abierta y receptiva, mirando lo que traen para mostrarnos y expresando curiosidad y entusiasmo en nuestro tono de voz. Cuando los adultos resuenan con las emociones de ellos y ellas, las experiencias que estos tienen de sí mismos es que son buenos (p. 91)

También nos dicen que

… para poder sentirnos sentidos tenemos que sintonizar con las emociones primarias de los demás. Cuando se conectan las emociones primarias de dos mentes, se crea un estado de alineación en el que ambas personas unen sus experiencias respectivas. La resonancia solo ocurre cuando alineamos nuestros estados emocionales primarios a través del intercambio de señales no verbales (p. 99)

En este punto, transmitir la común humanidad es parte de esta comunicación integradora. Descansa en ella esta sintonía de la que hablamos. Es allí donde los elementos de ambas mentes comienzan a integrarse.

¿No es acaso la experiencia vivida con esta niña un ejemplo de comunicación empática? Para Siegel y Hartzell (2005) “La comunicación amorosa alienta el desarrollo de apegos seguros, basados en la confianza”. Es lo que se denomina como “comunicación contingente”, ya que las señales emitidas por la niña fueron percibidas, comprendidas y respondidas, en una danza de comunicación basada en la cooperación mutua. La comunicación contingente aporta un estimulante sentido de conexión que podría estar en el núcleo de las relaciones que mantenemos a lo largo de nuestra vida (p. 121).

Tal vez la confianza de esta niña descansó en este tipo de comunicación. Como explican Siegel y Hartzell (2005)

… el receptor escucha con una mente abierta y tratando de poner todos sus sentidos en el mensaje. De este modo, su reacción dependerá de lo que esté siendo comunicado realmente y no de un modelo rígido y predeterminado de lo que espera escuchar. Se trata de un intercambio que tiene lugar completamente en el momento presente (p. 122).

¿Es la compasión el corazón de la humanidad compartida?

Gilbert (2009) señala que “la compasión puede definirse como un comportamiento que busca nutrir, cuidar, enseñar, guiar, orientar, calmar, proteger y ofrecer sentimientos de aceptación y pertenencia para beneficiar a otra persona” (p. 248).

Si pensamos a la humanidad compartida del modo que la describe Neff (2003), como la posibilidad de ver nuestras experiencias como parte de la condición humana, en lugar de como algo personal, vergonzoso y que nos separa, la respuesta sería que sí.

La vergüenza en las niñas y los niños que han sufrido malos tratos se traduce en la creencia absoluta de que no son queribles, que “algo hay malo en ellos” y “que merecen ser dejados de lado”.

Algunas de las frases que se repiten en su cabeza son:

  • “Estoy dañado”

  • “Así nací y no cambiaré”

  • “Nunca seré querido”

  • “No merezco nada”

  • “Nadie puede entenderme”

  • “Nadie puede ayudarme”

La vergüenza lleva a que estos niños y niñas se desregulen por la alta activación que conlleva y porque el sistema de conexión social está totalmente desactivado. Esa vergüenza, que es en respuesta al abandono, al rechazo y a la crítica, estará presente en el vínculo terapéutico, a veces bajo la forma de sentirse rechazado o criticado, por lo que tendrá emociones que no aceptará, incluida la necesidad de ayuda.

Conclusión

En vista de lo revisado en el presente artículo, podemos asumir que la construcción de un vínculo amoroso y cuidadoso, acompañado de la perspectiva de la humanidad compartida, abre la posibilidad de reconocer el dolor de la vergüenza para abrazarlo desde una calidez humana y compasiva.

El dolor tiene el potencial de transformarnos y, más aún, tiene el potencial de ayudarnos a conectar con los demás si lo validamos y estamos dispuesto a compartirlo y conectar con otras y otros.

Esta perspectiva, que podemos considerar como valiosa en términos generales, lo es con mayor énfasis para las niñas y los niños que han sido víctimas de violencia y maltrato, el que les ha generado la falsa percepción de aislamiento y desconexión. Es justo ahí donde el desarrollo de una perspectiva práctica y relacional de humanidad compartida puede contribuir en la ampliación de un camino terapéutico, tal como se ha visto reflejado en los ejemplos clínicos compartidos.

La humanidad compartida puede transformarse, por ende, en una habilidad crítica para construir una relación de mayor conexión con los demás y con nosotros mismos, que nos permita afrontar de mejor manera el dolor y, también, desarrollar vínculos que promuevan el bienestar y la construcción de un sentido compartido.

Nota: Los casos y las experiencias clínicas que se relatan en este artículo fueron elaboradas por Paula Moreno

Referencias

Araya Véliz, C. y Brito, R. (2016). Lo que nuestros pacientes nos enseñan. Gaceta de Psiquiatría Universitaria, 12 (1), 24 -34.

Dana, D. (2019) La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación, Barcelona: Elefheria.

Gilbert, P. (2009). The Compassionate Mind: A New Approach to Life’s Challenges. London: New Harbinger Publications.

Neff, K. (2003). Self-Compassion: An Alternative Conceptualization of a Healthy Attitude toward oneself. Self and Identity, 2 (2), 85-101.

Nussbaum, M. C. (2005). El cultivo de la humanidad: Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Barcelona: Paidós

Siegel, D. y Hartzell, M. (2005) Ser padres conscientes. Barcelona: La llave.

Silberg, J. (2019) El niño superviviente. Curar el trauma del desarrollo y la disociación. Bilbao: Descleé De Brouwer.

Stuurman, S. (2008). Herodotus and Sima Qian: History and the anthropological turn in ancient Greece and Han China. Journal of World History, 19 (1), 2-3.

Van der Kolk, B: Pynoos, R., Cicchetti,D., Cloire, M., D´Andrea, W., Ford, J., …Teicher, M. (2009, February). Proposal to include a Developmental Trauma Disorder diagnosis for children and adolescents in DSM-V. Manuscrito inédito. De http://www.traumacebter.org/announcements/DTD _ papers_ Oct_09.pdf